El uso de esoterismo y santería en estructuras criminales de Medellín
La judicialización de miembros de una oficina de sicariato revela la conexión entre el crimen y rituales esotéricos.
La reciente judicialización de nueve integrantes de una 'oficina premium de sicariato' en el barrio Robledo, Medellín, ha puesto nuevamente en el centro de atención las prácticas de brujería y santería que son utilizadas por diversas estructuras criminales. Estos rituales, que incluyen la creación de altares y la utilización de figuras esotéricas, son comunes en el contexto del crimen organizado, donde se busca invocar fuerzas sobrenaturales para asegurar el éxito en sus actividades delictivas.
Los altares de la muerte asociados con esta 'oficina de sicariato premium' son un claro ejemplo de cómo los criminales buscan encomendar sus objetivos a fuerzas que consideran superiores. Estas prácticas no son nuevas, ya que a lo largo de la historia del crimen en Medellín, se ha visto cómo los delincuentes recurren a la religión y la superstición para protegerse y justificar sus acciones. En este sentido, el caso de 'Yordi', líder de La Terraza y capturado en junio en Armenia, es revelador. Este individuo se encomendaba tanto a Dios como al diablo, evidenciando una dualidad entre lo sagrado y lo profano que permea en su visión del mundo.
Un aspecto notable de estas prácticas es la adaptación de rituales esotéricos que han sido observados en mafias de otras partes del mundo. En 2024, se descubrió que otra estructura criminal del nororiente de Medellín contaba con altares que incluían objetos relacionados con el vudú, así como un peculiar peluche de Mickey Mouse. Este último, aparentemente inofensivo, se convierte en un símbolo de la búsqueda de protección y éxito en sus objetivos sicariales. La importación de estas prácticas desde mafias europeas refleja un fenómeno más amplio en el que el crimen organizado busca legitimarse a través de rituales que, en la mente de los criminales, les otorgan un poder adicional.
La historia del crimen en Medellín está marcada por figuras religiosas y amuletos que han sido utilizados por organizaciones como el extinto Cartel de Medellín. Durante los años 90, la rosa mística de La Aguacatala se convirtió en un símbolo de la 'virgen de los sicarios', a la que no solo se encomendaban las almas de los criminales, sino también sus balas. Esta mezcla de devoción y violencia es un reflejo de la complejidad del fenómeno del crimen en la región, donde la fe se entrelaza con la actividad delictiva.
Extraños amuletos, figuras y oraciones han sido parte integral de los ritos de protección de estas organizaciones, que buscan crear un blindaje espiritual frente a la justicia. Sin embargo, a pesar de estas creencias y prácticas, el crimen organizado no ha logrado eludir las consecuencias legales de sus acciones. La justicia ha demostrado ser implacable, y muchos de estos criminales, a pesar de sus intentos de protegerse mediante rituales, enfrentan su penitencia ante la ley.
La relación entre esoterismo y criminalidad
La utilización de figuras esotéricas y rituales de santería en el ámbito del crimen no es un fenómeno aislado. A menudo, estas prácticas se convierten en una forma de cohesión y legitimación dentro de las estructuras criminales. Los miembros de estas organizaciones pueden encontrar en la espiritualidad una manera de justificar sus acciones y de crear un sentido de pertenencia. La creencia en la protección divina o en la influencia de fuerzas sobrenaturales puede servir para aliviar la carga moral que conlleva el crimen.
Además, el uso de rituales y objetos esotéricos puede ser visto como una forma de manipulación psicológica, tanto para los miembros de la organización como para sus víctimas. La creación de un ambiente de miedo y reverencia puede ser una herramienta poderosa en la consolidación del poder de estas estructuras. Al invocar fuerzas que trascienden lo humano, los criminales buscan no solo protegerse, sino también infundir terror en aquellos que se oponen a ellos.
En este contexto, es importante considerar el impacto que tales prácticas tienen en la sociedad. La normalización de estos rituales dentro del crimen organizado puede contribuir a la perpetuación de la violencia y la impunidad. La creencia en el poder de la santería y la brujería puede llevar a un ciclo vicioso donde la violencia se justifica y se perpetúa, creando un entorno donde el miedo y la superstición dominan.

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